La biosonificación fúngica: Haciendo música con setas
- Un poco de historia: la bioseñalización en el siglo XX
- El corazón del movimiento: artistas y proyectos clave
- Pioneros y figuras virales
- Integración física: cuando las setas tocan instrumentos
- Instalaciones y exploraciones conceptuales
- Gadgets y técnica: la tecnología como traductor
- Los dispositivos de captura y el proceso de sonificación
- Accesibilidad y la cultura 'Maker'
- Posibilidades y alcance: más allá de la curiosidad
- Implicaciones ambientales y educativas
- Estudios y aplicaciones científicas
- Debate y escepticismo: ¿arte o ruido?
- La crítica científica
- La autenticidad artística y filosófica
Las setas no tienen cuerdas vocales ni pulmones, pero de algún modo, pueden hacer música. O, mejor dicho, podemos escuchar su electricidad transformada en sonido. Esa es la esencia de la biosonificación fúngica: convertir las fluctuaciones eléctricas naturales de los hongos en notas musicales mediante tecnología MIDI.
En este proceso, los impulsos bioeléctricos —pequeñas variaciones en la conductividad de sus tejidos o del micelio— se traducen en datos digitales que controlan sintetizadores. El resultado no es una "canción de la seta", sino una interpretación sonora de su actividad biológica. Un puente entre lo orgánico y lo electrónico.
En los últimos años, este fenómeno ha conquistado las redes sociales. En TikTok o Instagram, millones de personas han descubierto a músicos como Tarun Nayar, creador del proyecto Modern Biology, conectando electrodos a una seta ostra y haciendo que un sintetizador modular responda a su ritmo eléctrico. Lo que comenzó como una curiosidad científica se ha convertido en un movimiento artístico global: una nueva forma de unir ecología, ciencia y música electrónica.
Un poco de historia: la bioseñalización en el siglo XX
Aunque las setas son la estrella actual, el concepto de escuchar las bioseñales no es nuevo. Los orígenes se remontan a los años 60 y 70, con figuras como Cleve Backster, quien afirmó que las plantas reaccionaban a pensamientos y emociones (la "percepción vegetal"). Aunque gran parte de estos estudios carecen de rigor científico moderno, sentaron las bases para la exploración de la bioelectricidad como fuente de datos. De esta curiosidad inicial, la tecnología y el arte han refinado el proceso, buscando una colaboración más que una simple lectura mística.
El corazón del movimiento: artistas y proyectos clave
Pioneros y figuras virales
El nombre más visible de esta corriente es Tarun Nayar, biólogo y músico canadiense. Su proyecto Modern Biology mezcla arte ambiental, improvisación electrónica y biología experimental. Nayar utiliza la energía bioeléctrica de setas y plantas para controlar la tonalidad y el ritmo de sus sintetizadores, generando piezas que parecen respirar con el micelio.
Otro referente es Noah Kalos, más conocido como MycoLyco. Su enfoque se aleja del ambient y se acerca al trance psicodélico: beats rítmicos y atmósferas hipnóticas generadas en directo con las señales eléctricas de hongos vivos. Sus conciertos fusionan performance y biotecnología, convirtiendo cada set en una colaboración literal entre humano y hongo. Artistas como Jo Blankenburg, por su parte, exploran la integración de estos datos biológicos con sistemas de Inteligencia Artificial, creando música generativa a partir de la vida fúngica.
Integración física: cuando las setas tocan instrumentos
En Reino Unido, el colectivo Bionic and The Wires ha llevado la idea aún más lejos. Su sistema traduce los datos MIDI procedentes de hongos en señales motoras que controlan brazos robóticos. Estos brazos, a su vez, tocan instrumentos físicos —teclados, percusiones o guitarras—, permitiendo que las setas “interpreten” piezas musicales en tiempo real.
Lo que parecía un experimento excéntrico se ha transformado en una experiencia performática: el hongo como director invisible de una orquesta robótica.
Instalaciones y exploraciones conceptuales
El artista Eryk Salvaggio, con su proyecto Worlding, ha explorado la biosonificación desde un enfoque más filosófico. En una de sus instalaciones, usó una seta ostra (Pleurotus ostreatus) conectada a electrodos mientras la iluminaba con una lámpara. Minutos después, las lecturas mostraron picos de voltaje, como si el hongo “reaccionara” a la luz. No era una respuesta consciente, claro, pero sí una señal biológica detectable, una especie de diálogo interespecie traducido en sonido.
Mucho antes de que las redes virales popularizaran esta tendencia, Mileece, artista y compositora británica, ya llevaba más de dos décadas trabajando en la transcripción sonora de las señales eléctricas de plantas. Su visión pionera sentó las bases para entender la biosonificación no solo como un experimento técnico, sino como un lenguaje poético entre especies.
Gadgets y técnica: la tecnología como traductor
Los dispositivos de captura y el proceso de sonificación
Hoy, cualquier persona con curiosidad puede adentrarse en la biosonificación gracias a dispositivos como PlantWave o PlantsPlay 2, los más populares en este campo. Ambos funcionan mediante electrodos o pinzas que se colocan en la superficie del hongo o del micelio.
Estos sensores detectan los cambios de conductividad eléctrica, que luego son enviados al dispositivo y convertidos en datos MIDI. Algunas especies, como la seta ostra (Pleurotus ostreatus), son especialmente apreciadas por su "actividad" eléctrica, que genera patrones rítmicos y variaciones más marcadas que las observadas en plantas.
En esencia, el flujo técnico es un proceso de tres pasos:
- Bioseñal: El hongo produce una variación de conductividad eléctrica.
- Dispositivo MIDI: El equipo (comercial o casero) recibe la señal y la traduce a datos MIDI.
- Sintetizador: El módulo de sonido lee el MIDI y lo convierte en audio.
El hongo produce la señal, pero el artista elige el instrumento, la escala musical y los efectos. Es un diálogo creativo: la biología aporta la aleatoriedad, el humano aporta el diseño. De esa colaboración surgen paisajes sonoros que pueden ir de lo meditativo a lo inquietante, siempre únicos e irrepetibles.
Accesibilidad y la cultura 'Maker'
Más allá de los equipos comerciales como PlantWave o PlantsPlay 2, la biosonificación ha florecido espectacularmente en la cultura maker (DIY – Do It Yourself). Esta corriente se apoya en el uso de microcontroladores de bajo costo, principalmente Arduino, para replicar y expandir la funcionalidad de los dispositivos de biodatos.
Arduino, el corazón del kit casero
La clave de esta democratización reside en que la señal bioeléctrica de un hongo, una vez amplificada correctamente, es esencialmente un cambio de conductividad que puede ser leído por el puerto analógico de cualquier placa Arduino. Programadores, biólogos y músicos autodidactas han aprovechado esto para crear:
- Esquemas y tutoriales abiertos: En plataformas como Reddit o GitHub, repositorios específicos (como los de Biodata Sonification Kits) ofrecen el código y la lista de componentes necesarios para construir los circuitos de amplificación, a menudo por una fracción del costo de una unidad comercial.
- Ciencia ciudadana: Esto ha convertido la biosonificación en un ejercicio de ciencia ciudadana, donde cualquiera puede estudiar la respuesta bioeléctrica de sus propios cultivos de hongos y contribuir al conocimiento colectivo.
Software y mapeo creativo
Una vez que el Arduino capta las fluctuaciones de conductividad, el siguiente paso es enviar estos datos a un entorno de programación. Es aquí donde la cultura hacker musical entra en juego, utilizando software de código abierto y programación visual, como PureData (Pd) o Max/MSP. Estas herramientas permiten al artista:
- Personalizar el mapeo: Decidir exactamente qué parámetro del hongo controla qué parámetro del sonido (ej. un pico de voltaje rápido puede disparar un bombo, mientras que un cambio lento modula el tono o la reverberación).
- Experimentación Libre: Desvincular el arte de las configuraciones de fábrica, impulsando la experimentación sonora más allá de los presets de aplicaciones.
Esta accesibilidad técnica ha sido fundamental para convertir la música fúngica de una curiosidad de nicho a un movimiento de arte DIY con resonancia global.
Posibilidades y alcance: más allá de la curiosidad
Implicaciones ambientales y educativas
Para muchos artistas, el valor de esta práctica va más allá del espectáculo sonoro. La biosonificación fúngica se ha convertido en una forma de reconectar con la naturaleza, de recordar que el micelio está vivo, activo, y que forma parte de un lenguaje biológico que apenas empezamos a entender.
En talleres y exposiciones, la música de setas se usa como herramienta pedagógica para explicar el papel crucial de los hongos en los ecosistemas, su función en el reciclaje de nutrientes y su red invisible de comunicación bajo el suelo. Escuchar una seta "tocar" se vuelve una metáfora auditiva de esa vida subterránea.
Estudios y aplicaciones científicas
En el ámbito científico, algunos investigadores están explorando cómo el sonido y las vibraciones influyen en el crecimiento fúngico. Experimentos con especies como Trichoderma harzianum sugieren que ciertas frecuencias pueden estimular la producción de esporas o enzimas.
Por otro lado, la biosonificación ofrece un método potencial para estudiar la comunicación bioeléctrica dentro del micelio, abriendo la posibilidad de mapear cómo las colonias responden a estímulos externos como la luz, la humedad o el contacto.
Debate y escepticismo: ¿arte o ruido?
La crítica científica
No todos están convencidos. Muchos científicos señalan que las fluctuaciones bioeléctricas de las setas son demasiado lentas o débiles para generar melodías complejas. Lo que escuchamos —dicen— podría ser, en parte, ruido eléctrico amplificado o interferencia ambiental.
Aun así, los artistas defienden que el valor del proceso no radica en su pureza científica, sino en el mapeo creativo de esos datos a escalas musicales. Lo que la ciencia llama “ruido”, el arte lo convierte en ritmo, textura y emoción.
La autenticidad artística y filosófica
También existe un debate más filosófico: ¿es el hongo el compositor o simplemente un controlador biológico dentro de un instrumento humano? ¿Dónde empieza y termina la autoría?
Esta pregunta ha resonado con las teorías de la ecología profunda y el posthumanismo sonoro. Inspirados por figuras como Donna Haraway, el valor de esta música radica en descentrar la autoría humana, reconociendo al hongo como un co-creador orgánico. Es un ejercicio de escucha radical que desafía nuestras jerarquías musicales y biológicas, sugiriendo que la inteligencia no se limita a lo humano.
Más que una moda viral, la biosonificación fúngica es un gesto de escucha. En una época saturada de ruido digital, convertir la electricidad de una seta en música nos devuelve algo primario: la conciencia de que lo vivo tiene ritmo, que la biología late, y que entre las raíces del bosque también se esconde una melodía.









