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Cómo los psicodélicos transforman el pensamiento creativo

Era 1966 y un ingeniero llevaba semanas atascado. No era falta de conocimiento ni de dedicación: era ese tipo de bloqueo más frustrante, el que aparece cuando ya sabes demasiado sobre un problema y precisamente por eso no consigues verlo desde fuera. Había probado todo lo que sabía probar.

Aquella tarde llegó a un edificio de San Francisco, se tumbó en un sofá con música tranquila de fondo y tomó una dosis controlada de mescalina junto a un grupo reducido de colegas. Dos horas después, con el efecto todavía activo, se puso a trabajar.

Lo que aquel ingeniero no sabía es que estaba participando en uno de los experimentos más olvidados de la historia de la psicología. Lo dirigía un investigador llamado James Fadiman y tenía un diseño inusual para la época: los 27 participantes —ingenieros, arquitectos, matemáticos, diseñadores— llegaban con un problema real de su trabajo, uno concreto y no resuelto desde hacía meses. No se trataba de observar qué pasaba en abstracto bajo los efectos de una sustancia psicodélica, sino de ver si esa sustancia podía ayudarles a resolver algo específico. Al final de las sesiones, los problemas fueron evaluados por terceros. En 40 de los 44 problemas evaluados había habido un avance real: soluciones técnicas, modelos conceptuales, diseños que antes no existían.

Algunos de esos resultados acabaron siendo patentados. El estudio no tenía grupo de control ni placebo, así que sus conclusiones eran sugerentes, no definitivas. Pero la pregunta que dejaba abierta era demasiado concreta para ignorarla: ¿bajo qué condiciones exactas ocurría eso, y para qué tipo de pensamiento?


Pensamiento divergente y convergente

El bloqueo creativo no se resuelve forzando — a veces ocurre cuando el esfuerzo consciente se detiene.
La creatividad no es un proceso uniforme. Divergir y converger son modos distintos, y los psicodélicos no los afectan igual.

Antes de entrar en lo que hacen los psicodélicos, vale la pena detenerse un momento en lo que entendemos por creatividad, porque la palabra esconde dos procesos mentales bastante distintos que la ciencia lleva décadas intentando separar.

El primero es el pensamiento divergente: la capacidad de partir de un punto y generar múltiples ideas en direcciones distintas. Es lo que ocurre cuando alguien hace una lluvia de ideas, cuando un músico improvisa o cuando un diseñador explora diez soluciones posibles antes de quedarse con una. No busca la respuesta correcta porque todavía no sabe qué forma tiene esa respuesta.

El segundo es el pensamiento convergente: encontrar la única solución correcta a un problema bien definido. Es lo que necesita un matemático para cerrar una demostración, un ingeniero para que algo funcione o un editor para elegir qué frase queda mejor. Aquí sí hay una respuesta correcta, y el objetivo es llegar a ella con precisión.

En la vida real estos dos modos se alternan constantemente, pero en el laboratorio se pueden medir por separado, y eso resulta útil porque los psicodélicos no los afectan de la misma manera ni al mismo tiempo. Eso convierte una pregunta aparentemente simple —¿hacen que seas más creativo?— en algo bastante más interesante.

El papel de los psicodélicos en las cuatro fases del proceso creativo

En 1926, el psicólogo Graham Wallas describió el proceso creativo en cuatro fases. El modelo tiene casi cien años y sus limitaciones son conocidas, pero sigue siendo el marco de referencia más usado en el campo por una razón concreta: cualquiera que haya trabajado durante semanas en un problema difícil lo reconoce desde dentro.

  • La primera fase es la preparación: el trabajo consciente, la acumulación de información, el esfuerzo deliberado por comprender el problema desde todos los ángulos posibles. Es la fase visible, la que ocupa la mayor parte del tiempo y la que más se parece a lo que entendemos convencionalmente por "trabajar". El ingeniero del experimento de Fadiman llevaba semanas aquí.
  • La segunda es la incubación: el problema se aparca conscientemente, pero el cerebro sigue procesando de forma no deliberada. Es la fase que explica por qué las mejores ideas aparecen en la ducha, durante un paseo o justo antes de dormirse. No hay esfuerzo activo, pero tampoco hay inactividad real: hay procesamiento fuera del foco atencional.
  • La tercera es la iluminación: el momento en que las piezas encajan de repente. La solución emerge casi entera, con una claridad que contrasta con el bloqueo previo. Es la fase más corta y la más difícil de provocar voluntariamente, precisamente porque suele ocurrir cuando el control consciente se relaja.
  • La cuarta es la verificación: comprobar que la solución funciona, refinarla, adaptarla a las restricciones del mundo real. Vuelve el pensamiento analítico y deliberado.
Vista aérea de un laberinto circular de piedra y tierra oscura, con un único camino que brilla en ámbar.
La iluminación no se fuerza: ocurre cuando el filtro consciente se relaja lo suficiente para que las conexiones emerjan.

Lo que sugiere la investigación sobre psicodélicos y creatividad es que estas sustancias actúan de forma preferente en la fase de iluminación, no en las otras tres. No aceleran la preparación ni sustituyen el trabajo previo. No reemplazan la verificación posterior. Lo que parecen facilitar es ese momento específico en que el cerebro conecta elementos que en condiciones ordinarias permanecerían separados, precisamente porque relajan los mecanismos de filtrado que habitualmente suprimen las asociaciones menos convencionales. Eso explica por qué el experimento de Fadiman exigía que los participantes llegaran con un problema ya trabajado durante meses: sin preparación previa, no hay nada que iluminar.

Estudios controlados sobre creatividad y psicodélicos

La pregunta que más se repite en torno a este tema —¿los psicodélicos hacen que seas más creativo?— está mal formulada. No porque la respuesta sea no, sino porque creatividad sin más es demasiado vaga para que la pregunta tenga una respuesta útil. La investigación de los últimos años ha ido precisando mucho más: qué tipo de pensamiento creativo, en qué momento, y bajo qué condiciones.

Un estudio publicado en Translational Psychiatry en 2021 examinó los efectos de la psilocibina sobre la creatividad con un diseño más riguroso que los trabajos anteriores: doble ciego, con placebo y neuroimagen. Los resultados fueron matizados. Durante la sesión aguda, la psilocibina aumentó los llamados insights creativos espontáneos —esas conexiones que aparecen sin buscarlas— mientras que redujo la creatividad deliberada orientada a tareas concretas. Siete días después, el pensamiento divergente había mejorado respecto al grupo placebo. El patrón es coherente con el modelo de Wallas: la sustancia no mejora el trabajo consciente y dirigido, pero sí parece facilitar la fase de iluminación y dejar un rastro positivo en la generación de ideas durante los días siguientes.

Una nota sobre los estudios en este campo: las muestras son pequeñas, los contextos muy controlados y los participantes suelen tener experiencia previa en meditación. Los resultados son reales y medibles, pero específicos de esas condiciones.

Un estudio de 2022 sobre LSD publicado en el Journal of Psychopharmacology apuntó en una dirección similar. Bajo sus efectos aumentaban la novedad y el pensamiento simbólico, pero disminuían la utilidad práctica y el pensamiento convergente. Más capacidad de generar conexiones inesperadas, menos capacidad de evaluar cuáles son realmente útiles. Los dos hallazgos juntos dibujan un perfil bastante claro: los psicodélicos abren el espacio de posibilidades, pero no ayudan a navegarlo con precisión.

Por qué los efectos sobre la creatividad aparecen días después de la sesión

Hay un hallazgo en la investigación sobre psicodélicos y creatividad que resulta contraintuitivo a primera vista: los beneficios más consistentes no aparecen durante la sesión, sino en los días posteriores. Para alguien que espera que la sustancia produzca un estado de genialidad en tiempo real, esto puede parecer una limitacion. Entendido correctamente, es el hallazgo más interesante de todo el campo.

Durante la sesión aguda, como vimos, el pensamiento analítico se debilita. La capacidad de evaluar, filtrar y ejecutar con precisión disminuye. No es el momento óptimo para resolver un problema técnico complejo ni para tomar decisiones que requieran rigor. Es el momento en que el cerebro explora, asocia libremente y accede a conexiones que en condiciones ordinarias quedarían suprimidas. El trabajo real de consolidación ocurre después.

La mayor parte de la evidencia neurobiológica disponible sobre este proceso viene de estudios con psilocibina específicamente.

Esto tiene una explicación neurobiológica que conecta directamente con lo que la psilocibina hace al cerebro a nivel estructural. La sesión abre una ventana de mayor plasticidad neuronal que no se cierra cuando desaparece la sustancia del organismo. Durante los días siguientes, el cerebro permanece en un estado de mayor flexibilidad: las redes neuronales que se reorganizaron durante la experiencia siguen siendo más accesibles, y los patrones de pensamiento menos rígidos tienden a persistir. Es en ese período donde los estudios registran las mejoras más sólidas en pensamiento divergente. Si quieres profundizar en los mecanismos concretos de esa plasticidad, los tenemos explicados en detalle en nuestro artículo sobre neuroplasticidad y psilocibina.

El paralelismo con el modelo de Wallas vuelve a ser útil aquí. La sesión psicodélica se parece menos a la fase de iluminación instantánea y más a una incubación acelerada e intensificada: el cerebro procesa, reorganiza y conecta, y los resultados de ese proceso emergen gradualmente en los días siguientes. Los participantes del experimento de Fadiman que reportaron mantener una capacidad creativa elevada durante semanas después de la experiencia probablemente estaban describiendo exactamente esto, aunque en 1966 no existían las herramientas para explicarlo en esos términos.

Microdosis y creatividad

Si hay un tema dentro del mundo psicodélico donde la distancia entre la narrativa popular y la evidencia científica es más grande, es la microdosificación. La idea de tomar dosis subperceptuales de psilocibina de forma periódica para mejorar el foco, el estado de ánimo y la creatividad se ha extendido enormemente en los últimos años, especialmente en entornos tecnológicos y creativos. Los testimonios son abundantes y en muchos casos genuinamente convincentes. El problema es que los testimonios no son evidencia controlada.

El estudio más relevante para entender esta brecha es el de Balázs Szigeti y sus colaboradores, publicado en 2021. Su diseño fue especialmente ingenioso: dado que es prácticamente imposible hacer un ensayo ciego verdadero con psicodélicos —quien toma la dosis activa suele identificarla por sutiles cambios fisiológicos—, Szigeti desarrolló un protocolo en el que los propios participantes preparaban cápsulas sin saber en cuál estaba la sustancia activa y en cuál el placebo. Era un ciego imperfecto pero considerablemente más robusto que los estudios basados en autoinforme sin control alguno. El resultado fue que los participantes que creían haber tomado la dosis activa reportaban mejoras en creatividad y bienestar independientemente de si realmente la habían tomado. Cuando se controlaba la expectativa, el efecto específico de la sustancia se reducía de forma notable.

Eso no significa que la microdosificación no tenga ningún efecto real. Significa que una parte significativa de los efectos reportados en creatividad está mediada por la expectativa, y que separar ambas cosas es metodológicamente muy difícil. La investigación en este campo es todavía incipiente y los estudios existentes son heterogéneos en diseño, dosis y población. Las conclusiones sólidas escasean.

Lo que sí parece claro es que el perfil de la microdosificación es distinto al de las dosis terapéuticas en sesión controlada. Para entender en detalle cómo funciona la microdosificación, qué protocolos existen y qué dice la evidencia disponible más allá de la creatividad, lo desarrollamos en profundidad en nuestro artículo sobre microdosis de psilocibina.

El estado de flujo y los psicodélicos

Antes de que existiera ningún estudio sobre psicodélicos y creatividad, la mayoría de las personas que trabajan en disciplinas creativas ya conocían de primera mano algo que la psicología tardó décadas en formalizar: hay momentos en que el trabajo fluye de una manera cualitativamente distinta. La concentración es total, el esfuerzo consciente desaparece, el tiempo se distorsiona y las ideas se encadenan sin fricción. El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi llamó a esto estado de flujo, y desde los años 90 es uno de los conceptos más sólidos y replicados en psicología positiva.

El flujo no es una metáfora ni una experiencia mística: tiene correlatos neurológicos medibles. Se asocia con una reducción de la actividad en las regiones prefrontales implicadas en el automonitoreo y la autocrítica, lo que libera recursos cognitivos para el procesamiento creativo. Dicho de otra manera: cuando dejas de vigilarte a ti mismo mientras trabajas, trabajas mejor. El problema es que ese estado es notoriamente difícil de provocar de forma deliberada. Aparece cuando aparece, y la mayoría de las estrategias para forzarlo tienen el efecto contrario.

El estado de flujo no se fuerza: aparece cuando el automonitoreo se retira y el procesamiento creativo encuentra su propio cauce.
El estado de flujo no se fuerza: aparece cuando el automonitoreo se retira y el procesamiento creativo encuentra su propio cauce.

La conexión con los psicodélicos clásicos empieza a ser cada vez más plausible. El perfil neurológico de ambos estados comparte elementos relevantes: reducción de la actividad de la red por defecto, disminución del automonitoreo, mayor conectividad entre regiones cerebrales que habitualmente operan de forma más segregada. La hipótesis es que la psilocibina podría facilitar el acceso a estados funcionalmente similares al flujo, o al menos reducir los mecanismos de inhibición que impiden llegar a ellos.

Esto es todavía una hipótesis en construcción, no un resultado establecido. El proyecto Mind Flux, una investigación en curso liderada por los doctores Manoj Doss y Greg Fonzo en la Universidad de Texas, está evaluando precisamente esta pregunta de forma sistemática: si la psilocibina mejora la capacidad del cerebro para inducir y sostener estados de flujo, y qué mecanismos neurales median esa relación.

Lo que Fadiman dejó abierto en 1966

Lo que empezó en 1966 con un grupo de ingenieros tumbados en sofás escuchando música relajada ha derivado, casi sesenta años después, en una de las preguntas más incómodas y fascinantes que puede hacerse la ciencia: ¿hasta qué punto la creatividad humana es modulable?

La incomodidad viene de varios sitios a la vez. Si la capacidad de generar ideas originales, de ver conexiones que otros no ven, de resolver problemas que parecen irresolubles depende en parte de variables biológicas que pueden alterarse farmacológicamente, eso obliga a revisar algunas ideas bastante arraigadas sobre el talento, la inspiración y el mérito creativo. No las invalida, pero sí las complica.

También obliga a hacer preguntas prácticas que la investigación todavía no puede responder con precisión. ¿Para qué tipo de trabajo creativo sería útil este tipo de herramienta, si algún día se administra en contextos legales y supervisados? La respuesta no es la misma para un compositor en fase de exploración que para un ingeniero buscando una solución técnica, ni para el momento de incubación que para el de verificación.

Lo que la ciencia puede decir hoy es más modesto pero más honesto que lo que circula en la narrativa popular: existe un efecto real y medible sobre aspectos específicos del pensamiento creativo, ese efecto no es uniforme ni garantizado, y las condiciones en que ocurre importan tanto como la sustancia misma. No es un atajo. No es una fuente de ideas bajo demanda, es un catalizador de procesos ya iniciados. Es una ventana que, bajo determinadas condiciones, parece abrirse un poco más de lo habitual.

La pregunta de fondo que Fadiman planteó en 1966 sigue sin respuesta definitiva. Pero el hecho de que la investigación haya vuelto a esa pregunta con herramientas mucho más precisas, y que los resultados sean lo suficientemente consistentes como para sostener líneas de investigación activas en las principales universidades del mundo, dice algo sobre la solidez de la pregunta. Las buenas preguntas sobreviven a las épocas en que no se pueden responder.


Fuentes

Harman, W. W., McKim, R. H., Mogar, R. E., Fadiman, J., & Stolaroff, M. J. (1966). Psychedelic agents in creative problem-solving: A pilot study. Psychological Reports, 19(1), 211–227.

Mason, N. L., et al. (2021). Spontaneous and deliberate creative cognition during and after psilocybin exposure. Translational Psychiatry, 11, 209. 

Wießner, I., et al. (2022). LSD and creativity: Increased novelty and symbolic thinking, decreased utility and convergent thinking. Journal of Psychopharmacology, 36(3), 348–359.

Szigeti, B., et al. (2021). Self-blinding citizen science to explore psychedelic microdosing. eLife, 10, e62878.

Wallas, G. (1926). The Art of Thought. Harcourt Brace.

Csikszentmihalyi, M. (1990). Flow: The Psychology of Optimal Experience. Harper & Row.

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